domingo, 9 de junio de 2013

Veinticinco años de socio, o The Village Green Preservation Society


 Hace unos días, un par de semanas quizás, llegó al domicilio del que suscribe una carta del Club Atlético de Madrid, también llamado el Cluz por según quién, también llamado la Marca cuando se trata de justificar balances o de explicar desmanes, llamado sobre todo Mi Atleti por esa buena parte de la población mundial que dedica un mínimo de dos horas al día, seis los domingos, a pensar en las rayas rojiblancas; una carta del Atleti, vaya, ya me entienden Vds.

En la carta se convocaba al que suscribe a un acto para imponerle la insignia de plata del Club tras 25 años siendo socio del Atleti sin interrupción. Veinticinco años suena largo, pero no son tantos, la verdad: uno es del Atleti desde hace muchísimo más tiempo y va al campo desde casi siempre, y sólo se hizo socio (o más bien le ayudaron sus padres a serlo) cuando dejó de poder entrar al campo con la entrada infantil de cien pesetas que vendían en la planta de deportes del Corte Inglés de Goya, que permitía acompañar a un adulto al campo y sentarse con él (cuando había suerte y le llevaba un primo, la familia de un compañero de colegio o algún vecino). Si no había adulto de guardia – y siempre que uno fuera un poco mayor y contara con el permiso paterno para ir solo al estadio en el Circular – la entrada permitía sentarse con otros niños preadolescentes tras las porterías, en bancos de cemento, cerca de los corners que hay entre grada y tribuna, donde el estadio queda abierto. En esas esquinas nos juntábamos los niños ya casi mayores que íbamos solos y veíamos todos juntos el calentamiento, esperando a que se acercara Votava. Votava se acercaba y nos miraba y sonreía y nosotros le correspondíamos pensando que no había mejor extranjero en la liga, pensando que para qué queríamos estrellas de relumbrón teniendo a ese tipo honrado y con bigote en ese equipo de tipos honrados y con bigote, nuestros ídolos de chicos sin ser los mejores ni los más mediáticos ni los más guapos pero sí los nuestros, los nuestros, que era lo que importaba, qué otra cosa puede importar, oiga.

El Club convocaba a algunos de nosotros para agradecerle la fidelidad, y a uno casi le da vergüenza llevar 25 años de socio y que le recompensen por ello. La vergüenza no viene por llevar 25 años pagando abonos desde Madrid o el extranjero, muchas veces con dudas y otras con rabia, sintiéndose a veces engañado y otras ninguneado, pensando a veces que ese abono fue la mejor inversión de su vida y otras que en mala hora se le ocurrió renovar; no, la vergüenza no viene por eso, no. Vergüenza le da a uno llevar sólo 25 años de socio y no llevar siéndolo desde que nació, como algunos afortunados. Vergüenza le da a uno ir a recoger una insignia mientras otros tan atléticos o más que uno no la reciben, sólo porque se quitaron un año al no tener un duro, o porque se le pasó el plazo, o porque sencillamente pensaron que ya estaba bien de timos, que abonarse era un ejercicio de complicidad con un virus destructivo que anida en el palco y que se vale de la pasión que levanta este equipo bendito para hacer fechorías a sabiendas que la grada, cautiva y desarmada, volverá a renovar a final de temporada sus abonos pase lo que pase porque, sencillamente, no entiende la vida sin ir cada quince días a ver a los suyos.

Llegó la carta a casa y piensa que habría estado bien que la carta, en vez de un cartero con un carrito de la compra amarillo como el que llevan ahora los de Correos, la hubiera traído el cobrador del abono que hace 25, 20 años traía el recibo a casa a finales de verano y llamaba al timbre y decía hola buenos días, vengo a cobrar el recibo del Atleti como todos los años. El cobrador venía año tras año y mientras él envejecía poco a poco nosotros nos íbamos haciendo hombrecitos y cuando nuestra madre - que había abierto la puerta y preguntaba cuánto era la broma - nos llamaba para que saludáramos al cobrador,  éste nos decía pero hombre, cómo estás, hay que ver lo que ha crecido este niño, está ya para jugar en el primer equipo casi, porque tú juegas ¿verdad? de qué juegas majo, de extremo, mira qué bien, zurdo o diestro ¿diestro? lástima, zurdos hay menos y suelen ser muy finos, bueno señora, muchas gracias, hasta la próxima; hala chaval, a disfrutar del abono, este año ganamos la liga fijo, buenos días, Aupa Atleti, suerte en la vida, chaval.

Si la carta de los 25 años de socio nos la llega a traer el cobrador de nuestra infancia no le habríamos reconocido por lo mayor, probablemente, y él no habría encontrado ni rastro de esos chavales que esperaban su llegada con la misma ilusión que el cumpleaños y que pasaban luego la tarde entera intentando entender el sistema de pliegues troquelados de la hoja de cuponcitos que venía dentro de la carpetilla de plástico del abono, roja, blanca y roja como un paquete de Winston. El sistema de pliegues, que era un mecanismo complejísimo sólo comprensible para la élite de los ingenieros de la NASA, suponía todo un desafío papirofléxico cuando había que cambiar de columna y pasar a otros cupones siguiendo las instrucciones impresas, empresa casi imposible que solía terminar en trampa, en un pliegue ilícito entre dos líneas troqueladas. El doblez-trampa no era sólo un fracaso personal y una constatación de la torpeza mental del doblador, sino también algo inmoral que el resto de niños compañeros de abono denunciaban si llegaban a saberlo como si fuera una muestra grave de falta de ética, de deslealtad y de madridismo; el pliegue ilegal demostraba que uno era capaz de saltarse las normas con tal de mostrar a los demás un éxito falso, sólo aparente y podrido en su interior profundo. El cobrador, decíamos, en vez de ese niño atormentado por su incapacidad de doblar la hoja para que los cupones 12 a 16 quedaran en su sitio, habría encontrado a un cuarentón con gafas y aspecto de oficinista extrañado al ver una cara que le resultaba familiar pero sin saber de qué, y habría necesitado explicar quién era. Probablemente, al final del encuentro, al cobrador anciano y al niño cuarentón se les habrían saltado las lágrimas al despedirse y se habrían dado un abrazo y habrían compartido otra vez un este año pinta bien y un ¿sigues jugando, chaval? yo sí, un par de veces por semana, pero ya no soy extremo, ya no tengo velocidad, sólo colocación y, por supuesto, un tú eras diestro, ¿verdad? lástima, zurdos hay menos y suelen ser muy finos, Aúpa Atleti, suerte en la vida, chaval.

Llegó la carta a casa y uno no sabía bien qué hacer, si ir a recoger lo ganado con algo que no cuesta ningún esfuerzo más que la paciencia de ver jugar a patos, pollos y otras aves zancudas y volver al campo al fin de semana siguiente, o bien renunciar a formar parte de una ceremonia en la que estaría la nociva directiva responsable de la edad más oscura del Club, el período cavernario del que parece salir el equipo estos días de la mano del Cholo Simeone, Mesías de corbata fina y genio de mil demonios. ¿Está bien ir? ¿Es coherente no ir? Como tantas cosas en el Atleti, uno pone a prueba sus convicciones, lo que le pide el cuerpo, lo que marca la coherencia con su discurso pasado. La pregunta se lanzó en Twitter desde la cuenta de este blog, buscando el sabio consejo de los cuatro gatos que la siguen: ¿Qué hacer en esta situación? Las respuestas fueron varias y ricas: hay quien dijo que lo suyo era no ir para no hacer el caldo gordo al palco, hay quien sugirió hacer lo que al ministro Wert y no dar la mano ni al apuntador, hay quien sugirió llevar en el ojal de la chaqueta una flor de esas que echan agua para remojar al presidente en caso de que fuera éste el que  impusiera la insignia y hubo hasta quien sugirió la inmolación, acudir con cinturón de explosivos y detonar la carga llevándose por delante al equipo directivo del Club al grito de “Arteche Es Grande”, quizás añadiendo metralla de confeti rojiblanco que inundase el aire los alegres colores de las rayas del escudo tras la deflagración. Al final se optó, como uno intenta casi siempre, por el difícil punto medio: ir a recoger la insignia con corbata verde y oro, en señal de protesta discreta y pequeño-burguesa. Para sorpresa del que suscribe, el hecho no pasó desapercibido y fueron bastantes los que preguntaron si era algo casual o si era deliberado llevar esos colores en día tan señalado. 

Llegada la hora marcada, uno se encontró con una multitud. Uno esperaba un acto discreto y casi en familia, en un cuartito del estadio, sin mucho boato ni pompa. Nada de eso: el acto era en el césped del estadio y en el centro de éste había un escenario y, frente a él, 529 sillas para acomodar a los 529 socios pacientes, desde el mil setecientos y pico (y, por tanto, con más de 25 años de antigüedad en el Club) hasta el tres mil quinientos o seiscientos de número de socio. Los amigos y familiares se situarían en la grada, los homenajeados en el sagrado verde, y en el escenario, al ritmo marcado por el conductor del acto, irían subiendo primero cadetes y juveniles a cual más grandote llevando los 9 títulos conseguidos en los 25 años de abono (una sola liga, el único pero a un palmarés más que envidiable).  Puestas las copas en su sitio tras la correspondiente ovación a cada una, con especial entusiasmo la para la Copa del Rey de este año, se proyectó un vídeo de sorprendente selección musical (My Generation de los Who y Highway to Hell de AC/DC, grupo este último que cada vez más frecuentemente se asocia al Calderón y su hinchada, algo que parece muy adecuado al que suscribe) y subieron al escenario veteranos del equipo de fútbol, JJ Hombrados y el presidente del Club, protagonista del momento humorístico del evento. Leyendas como Pereira, Collar o Pantic, grandes jugadores de Club como Ovejero, Quique Ramos, Tomás, Rubio, Manolo, Solozábal, Alfredo, Roberto Fresnedoso y uno de los más ovacionados, D. Lázaro Albarracín.

Los socios serían llamados en grupos de 14 para recibir de manos de los ocupantes del escenario la insignia conmemorativa. Veteranos y directivos formaban una fila frente a la que se colocaban un número igual de socios, de forma que aquél que le tocara a uno enfrente, le entregaría la insignia. Esto produjo un intenso debate entre los socios: entonces, según te subas, te puede tocar Pereira o Cerezo; hombre, no es lo mismo, ¿no? no es justo esto. Los preferidos eran Pereira y Pantic, el menos cotizado, Cerezo; entre los demás, interés desigual según el protagonista. La obvia diferencia provocó una animada negociación entre los homenajeados ¿Alguien me cambia si me toca Cerezo? Ofrezco una vespa en buen estado, se oía por la izquierda; yo subo a Ford Fiesta Ghía azul marino, decía otro. Quince días en apartamento en Fuengirola y una cubertería sin usar; yo doy dos cajas de vino y una camiseta firmada por Simeone. Si me toca Cerezo no respondo, mejor para todos que alguien me cambie o vamos a morir todos; no se ponga así, oiga, ya encontraremos a alguien, sobre todo no se me altere Vd.

Llamaron a los socios en grupos de 14 y ahí empezó el acto a cobrar sentido de verdad. Los veteranos repartían insignias y daban la mano y sonreían a los socios, y Quique Ramos dijo al que suscribe “qué 25 años más buenos nos habéis dado, gracias”. Entre los grupos de gente que iba subiendo, alguna cara conocida incluso en su anonimato: anda, con ese fui yo al colegio, caramba, a ese señor de las gafas le di yo un abrazo en Hamburgo, ese de ahí es un experto bailarín de fox-trot, le he visto ganar varios campeonatos regionales. Poco a poco iba desfilando gente y uno, poco a poco se iba dando cuenta de que lo que por ahí pasaba no era una fría lista de números antiguos sino que lo que subía era el Atleti mismo, ese ser inmaterial que todo lo impregna y que, en el fondo, no es sino la masa de gente que paga un abono, que quizás no sea socia del Club pero una devota seguidora, que sigue al equipo allí donde va. La afición, la que no cambia, la que permanece año tras año viendo como sí cambian jugadores, entrenadores y diseño de la camiseta y cómo no cambia tanto el palco, hecho que convierte en doblemente meritoria la perseverancia. Subieron muchos cuarentones y pocas mujeres, algo que estamos seguros que cambiará en la siguiente entrega, vista la enorme afluencia femenina al Calderón. Subieron señores con gafas y prestigiosos miembros de la Resistencia, con los que fue un honor compartir acto; subieron hermanos recogiendo insignias de otros hermanos y padres con sus hijitos en brazos; subieron oficinistas, heavis, hosteleros, zurdos, tiquismiquis y biólogos marinos; subieron compañeros de grada y tipos a los que nunca habíamos visto antes, y subieron, destacando entre todos, un socio en silla de ruedas, una socia de 26 años abonada desde el día en que nació y una señora mayor, ayudada por su nieta, quizás el símbolo más bonito de esta afición centenaria con espíritu juvenil y ganas de celebrar goles con lágrimas de niño chico.

El acto, emotivo y bien organizado, sobrio y mucho más elegante de lo esperado, tuvo empero un leve toque de la directiva. Durante la entrega de insignias la banda sonora fue mutando hacia un estilo piano-bar que sugería la mano de Cerezo, influencia confirmada cuando de los grandes éxitos de los Beatles en versión hilo musical se pasó a lo más destacado del repertorio de Kenny G. Estos malos presagios se materializaron cuando tomó la palabra Cerezo, que desplegó todo su repertorio léxico: Cerezo habló del Cluz, habló de la Europas Lik, habló de lo bonito que son estos aztos, habló del gran honer, con e, que suponía este, de nuevo, emotivo azto. Poco duró la intervención de Cerezo y el cielo lo agradeció alejando una nube negra que venía asomándose por el fondo Norte desde que empezó el parlamento del conocido cómico de pelazo cano.

Acabó el acto y los familiares de los homenajeados tomaron el césped del Calderón y procedieron a dar cuenta de un catering estupendo que el Club había preparado. Bajaron los niños a correr por el Calderón y los padres se hicieron fotos en el banquillo, con las copas, con los amigos frente a fondos y tribunas. La afición bajó al campo y vio su sitio de siempre en la grada pero desde abajo, como lo ven los jugadores. La afición charló con Pereira, Quique y Rubio, se abrazó con los que reconocía y charló con los que nunca antes había estado. En fin, una parte chiquitita de la afición se dio un homenaje que debería ser para todos los que sienten dentro las rayas rojiblancas en un año para recordar, y todo gracias a un acto (que no azto) mucho mejor organizado y bonito de lo que uno podía esperar.

En este año en el que el Atleti parece haber recobrado la conciencia de lo que era el Atleti, parte de la afición veterana recibió una insignia que debería pesar bastante más que los pocos gramos de plata de ley que diría una balanza. El Atleti, de la mano del Cholo, vuelve a ser el Atleti y el Cholo necesita la ayuda de la grada que conoció aquellos días buenos a los que se parece el presente. La grada, y aún más los más veteranos, tiene la obligación de elevar el nivel de exigencia, de no aceptar lo inaceptable, de mostrar compromiso sin mostrar resignación, de recobrar en la grada los valores que se están recuperando desde el banquillo, de ayudar a que el Atleti sea el equipo gigante que el viernes 7 de junio de 2013, representado por 529 socios con muchas muescas en el revolver, subió a recoger una insignia de plata.

Nota: Poco antes de que el Atleti ganara esa liga del 70 en la que Luis y Gárate fueron los mejores goleadores del campeonato, cuando nacían muchos de los que recogieron insignias de plata en el Calderón, Ray Davies escribió algo que podría valer para ilustrar la misión que nos queda por delante.

We are the Village Green Preservation Society,
Preserving the old ways from being abused
Protecting the new ways, for me and for you
What more can we do?




lunes, 20 de mayo de 2013

La pregunta, la respuesta


Hay una pregunta que todos Vds han escuchado alguna vez, quizás más de una, quizás decenas de veces como en el caso del que suscribe. La pregunta es simple y casi idiota y no es fácil de responder, tenga buena intención o no el que la hace. La pregunta, ya lo imaginan Vds, es la siguiente: “¿cómo es posible que, siendo de una ciudad en la que hay un equipo que gana casi siempre, sea Vd seguidor del otro?”. Como si pudiéramos elegir, oiga, como si no hubiéramos nacido así.

La pregunta en cuestión, digna en efecto de Ernesto Sainz de Buruaga, casi nunca merece respuesta. La pregunta no merece respuesta si el interpelado es un científico profesional del dato y la estadística, campeón de cálculo y de la media ponderada, porque la respuesta desmonta la propia pregunta; eso sí, resulta cansado sacar muchos datos ante alguien que claramente no quiere oír más que lo que él mismo ha decidido de antemano, con lo que lo normal es que los matemáticos obvien la parte de la pregunta que más molesta, esto es, lo de que “gana casi siempre”, y se dediquen a otra cosa más agradable como por ejemplo podar los geranios. La pregunta no merece desde luego respuesta cuando el que pregunta no busca una explicación sino escucharse a sí mismo en voz alta, blandiendo triunfante un argumento que le parece demoledor ante alguien que, normalmente, reacciona moviendo la cabeza de lado a lado con expresión de caramba, otro que no entiende nada de nada. La pregunta tampoco merece una respuesta cuando el que pregunta no busca una explicación sino una ocasión para intentar quedar por encima del preguntado, poniendo para ello esa sonrisilla impostada de medio lado que tan bien conocemos todos y tanto nos irritaría si la cuestión y el sonriente merecieran el honor de llevarnos a la irritación.

En otras ocasiones, incluso cuando el que pregunta lo hace de buena fe, muchas veces tampoco merece respuesta porque ésta sería demasiado compleja. ¿Cómo explicar lo que es obvio para muchos y totalmente incomprensible para el resto? Sólo alguien que no entiende nada de esto - bien por no tener interés alguno en la dimensión  social del fútbol o bien por carecer de la capacidad suficiente para procesar una respuesta distinta a blanco o negro -  es capaz de preguntar una cosa así, de igual forma que sólo se preguntan por qué no se acaba con los problemas económicos imprimiendo más papel moneda aquellos incapaces de entender la respuesta que daría un economista, incluso si este tiene contrastados  conocimientos, reconocimiento internacional y grandes gafas de pasta.

La pregunta que no merece respuesta no es empero inútil, porque sirve para dejar claro en qué lado no ya de la filiación deportiva sino casi de la forma de entender la vida se encuentra el preguntador. Pensar que el triunfo a cualquier precio es el único criterio válido para hacer una elección ya viene a decir mucho del preguntante, de su personalidad y del resto de posturas ante las cosas de la vida. Muchas veces el que aplica este criterio también compra los discos que más venden por el mero hecho de ser populares, afirma que sus películas favoritas son las más galardonadas para así ganar las discusiones, habla con tópicos irrefutables y opiniones obvias compartidas por todo el mundo, prefiere la autopista a la comarcal con vistas, subir  a la cima por la carretera en vez de andando por el camino, el Nesquick al Colacao, el dinero al tiempo.  El que estas cosas pregunta muchas veces no atiende a razones, muchas veces no entiende las razones, muchas veces zanjará las discusiones que va perdiendo con chistes fáciles y miradas a todos salvo a aquél que le va poniendo en un aprieto ante lo simple de sus argumentos. Muchas veces acatará con sumisión las cosas que le vienen dadas desde más arriba para evitar problemas y despreciará en público a los que se rebelan, a menudo por no ser capaz él mismo de rebelarse aunque debiera.

El preguntado también es posible que pueda ser encasillado sólo por el hecho de ser objeto de la pregunta de marras: alguien a quien se espera capaz de explicar eso que a algunos nos parece tan simple y a otros tan incomprensible, tiene muchas papeletas para comportarse según ciertos patrones en otros casos. El aficionado del Atleti normalmente indagará en cosas diferentes al número de copas o presupuesto para determinar sus simpatías por otros equipos con los que no le une nada. El seguidor atlético que se muda a una ciudad en la que hay más de un club de fútbol investigará cuál de los clubes locales tiene una hinchada parecida a la nuestra, cuál es el carácter de su masa social, su origen, su forma de entender las cosas, su historia. Valorando todas estas cosas, el aficionado del Atleti elegirá a aquél que mejor le caiga y quien más le recuerde a su equipo, independientemente de si gana títulos continuamente o no, mirando un poco más allá del escaparate de la tienda oficial del club. Así, unos decidirán tomar como equipo afín a Racing de Avellaneda, a Atlético Junior de Barranquilla, a Rosario Central,  St Pauli o a cualquier otro equipo con personalidad diferente. Rara vez se verán identificados con los equipos teóricamente dominantes de cada sitio, los que congregan a las fuerzas vivas en el palco, los favoritos de aquellos al os que le importa un pito el fútbol, los que reclaman para sí la victoria a todo precio incluso a pesar de las reglas, la atención mediática, el triunfo por aplastamiento inmerecido, la adulación constante. Seguidores con querencia a hacer la preguntita se limitarán muy probablemente a ver cuál es el equipo que más veces gana para, así, abrazar  con devoción los colores del triunfador y tener un motivo para hacer burla los lunes a los seguidores del otro, sin darle demasiadas vueltas a las cosas.

Estos días calla el aficionado que pregunta sandeces con media sonrisilla intencionada;  no será empero por mucho tiempo, ya que, conociéndoles, en breve hablará de fichajes, de chequeras, de en el fondo me alegro porque lo importante es que gane un equipo de Madrid y otras zarandajas bien conocidas por estos lares. Mientras tanto, el que haga esa pregunta con buena intención quizás encuentre estos días algunas respuestas. Quizás viendo el partido del viernes 17 de Mayo de 2013, desde ahora festividad de San Diego Pablo, patrón del Resurgimiento Deportivo y Capilar,  a algunos le quede claro por qué somos del equipo que somos y por qué no podríamos ser de otro.

Aquellos que no sepan de qué va esto y que hayan visto la final quizás se expliquen por qué somos precisamente de ese equipo rojo y blanco que lleva a un fondo 35.000 personas que creen ciegamente que va a pasar lo contrario de lo que piensa el resto de la Humanidad. De ese equipo cuyos seguidores no sólo creen en aquello que a todos les parece una locura, sino que lo demuestran cantando durante 120 minutos sin descanso sin que nadie tenga que decirles qué hacer, sin necesitar un speaker que caliente la velada, sin más razón que la obligación auto-impuesta de ser parte de lo que va a ocurrir. Del equipo de los que se dejan los ahorros y la garganta por algo en lo que la mayoría cuerda nunca arriesgaría, por algo que la masa nunca haría, por una apuesta para la que  nadie en su sano juicio pondría un duro. Del equipo cuya afición va al estadio a ayudar a los que les representan en el césped, a pasar juntos el trago si la cosa sale mal y a recordar, homenajear y no fallar a los que se fueron sin haber visto el partido que les habría hecho un poco más felices antes de dejarnos solos, acordándose de ellos cada minuto de la celebración.  Del equipo cuya afición haría exactamente lo mismo otras mil veces aunque las 999 anteriores se hubiera perdido, qué más dará eso en el fondo.

Y, si con eso no le basta, quizás les valga con mirar a una grada y a otra justo al final del partido. Aquél que no sepa nada probablemente entienda por qué somos del Atleti viendo una grada totalmente llena, la misma grada que tantas otras veces permaneció igual de llena y ruidosa a pesar de que el partido terminó con derrota, justo enfrente de otra grada vergonzosamente vacía a los cinco minutos de acabar una final. Y, en caso de que no entienda aún por qué somos de este equipo rojo y blanco que tantísimas alegrías nos lleva dando desde que nacimos, lo que le quedará meridianamente claro es por qué no somos, ni seremos, ni podríamos ser nunca del otro. 

video

sábado, 18 de mayo de 2013

Y, sí, al fin, lo entendimos



Para los que creímos que esto iba a pasar, porque sabemos y confiamos que estas cosas sólo pasan al Atleti. Pero, sobre todo, para los que pensaban que esto era imposible, aunque les envidiemos por sentir esa alegría aún un poco más inmensa que la nuestra: para que confíen.

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Instrucciones ceremoniales para vivir una final de Copa: levantarse pronto, saliendo del lado izquierdo de la cama y pisando con el pie derecho. Ducharse con agua tibia, desayunar café con leche y una tostada con mantequilla blanca y mermelada de fresa. Vestirse con la camisa llevada el día de la final de Bucarest, con el pantalón llevado del día de Hamburgo, los calzoncillos y calcetines utilizado ambos días y no vueltos a utilizar hasta entonces, tras ser cuidadosamente lavados y planchados. Coger la bufanda antigua, la de los partidos grandes, la del escudo bordado en hilo brillante, de los años 70 más o menos, ponérsela al cuello.

Salir de casa no muy tarde, coger la vespa, bajar hacia Castellana, girar entonces en dirección al Sur. Pasar Cibeles sin mirar la estatua, seguir de frente. Llegar a Neptuno, dar una, dos, tres vueltas a la plaza, mirando en la medida de lo posible a los ojos del Dios del Mar. Volver a subir en dirección Norte. Parar de camino para comer. Elegir un menú rojo y blanco, en el que siempre el ingrediente rojo quede sobre el blanco. Sugerencias: ensalada de tomate sobre queso mozzarela, pasta larga con salsa bolognesa, natas con fresas encima.

Volver a la Castellana, dirección Norte. Tomar el carril central de Castellana, avanzar hacia Nuevos Ministerios. Notar como, según se acerca uno a ese barrio empieza a sentir picores, asma, dificultad al respirar, incomodidad general, estrés acumulativo. Notar como la vespa también empieza a no andar bien, cómo muestra síntomas de avería mecánica transitoria, una alergia geográfica e incómoda de 200cc. Mantener la marcha hasta pasar de largo el estadio del otro equipo grande de la capital, notar cómo van pasando los picores, cómo se respira mejor, cómo la vespa vuelve a andar bien, cómo el  motor vuelve a estar cómodo.

Llegar a Cuzco, dar la vuelta completa, volver a bajar en dirección sur, volver a experimentar los síntomas de la alergia transitoria, volver a notar que la moto no va. Aguantar hasta que el chaparrón pase.

Llegar de nuevo a Neptuno, dar una, dos, tres vueltas mirando en la medida de lo posible a los ojos del Dios del Mar, girar en dirección al Retiro siempre y cuando quede ya poco para que empiece el partido. Tomar Alfonso XII hasta la Puerta de Alcalá, girar a la derecha para tomar Alcalá, seguir por O’Donnell. Seguir O’Donnell hasta Narváez, tomar Narváez en dirección a la calle Ibiza. Llegar a la altura de la calle Menorca, parar la moto, aparcar la moto. Cerciorarse de que queda menos de media hora para el partido. Hacer cola (breve) en las taquillas de los cines Renoir. Comprar una entrada para cualquier película que acabe cerca de la media noche. Apagar el móvil, meterse dentro, no querer saber nada de nada.

Por los nervios, ya saben Vds.

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Tras el partido no hay quien duerma y uno da vueltas y vueltas en la cama intentando coger la postura y, a la vez, recordando el remate de Miranda, la pelea de Falcao antes de dar el pase del primer gol, el remate precioso de Diego Costa con la izquierda, el partidazo de Koke, los miles de calorías quemadas por Gabi, el buen partido de Juanfran tras una liga entera llenando de dudas las cabezas de los escépticos, la tensión en la grada, la explosión final.

Y, mientras uno está en ese estado en el que no está dormido pero sí lo bastante atontado como para plantearse hacer otra cosa que no sea estar metido en la cama, estado que algunos llaman duermevela y otros no llaman de ninguna manera porque las palabras bonitas se van perdiendo (por ejemplo, volapié, abanicar o cejijunto), se oye un ruido fuerte como de un mueble cayendo contra el suelo y llega un olor a almendras tostadas que al que suscribe, y a los que han leído las idioteces que escribe el que suscribe desde hace ya varios años, le resulta familiar. A almendras tostadas huele cuando se aparece Dirceu, piensa el que suscribe, y ya no pega ojo hasta que, por la puerta del salón, ve entrar a un tipo con chandal rojo y pelo rizado que sonríe y habla y habla y no para de hablar como si no estuviera solo. Dirceu, aparecido, habla en efecto porque no está solo y menos mal: si no fuera poco tener en salón una aparición en chándal, imagínense si encima a la aparición le da por hablar sola. Lo que nos faltaba ya, oiga.

Dirceu, que hace tanto tiempo que no venía a casa, no está solo cuando llega al salón, está excitado y nervioso como medio Madrid esta noche, pero no está solo. A su lado hay una figura enorme que transmite miedo y paz a la vez, una figura aterradora para el resto pero protectora y bondadosa para los suyos.

-          Pero hombre, Sr Dirceu, ¡cuánto tiempo!
-          Hola. He venido con Arteche
-          Si, ya veo, ya.

Dirceu entra en el cuarto y con él entra Arteche, que escucha, habla menos que Dirceu y mira todo, incluido al anfitrión de carne y hueso, que, sin saber qué hacer, ofrece café.

-          ¿Quieren Vds un café?
-          ¿Un café? ¿Está Vd tonto o qué? ¿No ve que somos ectoplasmas? ¿Ha visto Vd alguna un fantasma tomando café con porras? No podemos tomar café, no podemos tomar nada ni tocar nada, somos espíritus, oiga, no podemos hacer las cosas que hacíamos cuando éramos de carne y hueso. Bueno, la mayoría no. Hay uno que sí, éste en concreto – señala a Arteche – éste sí que puede tocar si quiere. De hecho ese estruendo que escuchó Vd antes es porque se había chocado con el perchero de la entrada y lo ha tirado. El resto normalmente pasamos a través, pero éste, que es un fenómeno, es capaz de derribar las cosas hasta en espíritu.

Los aparecidos se sientan en las butacas del salón y hablan sobre el partido de ayer. Atropellado, Dirceu habla de lo bien que jugaron los brasileños del equipo y de lo importante que fue el medio campo del Atleti, del buen partido de Koke, de cómo Mario fue de menos a más, de Arda y su pellizco. Ambos coinciden en señalar como claves dos cosas: el partidazo de Miranda y lo importante de su gol, y los galones más que bien ganados y bien llevados de Gabi. Cuando hablan de éste último a los dos se llenan de orgullo y se les encienden las pupilas y da bastante miedo pero, a la vez, transmiten calma. Dirceu habla atropellado, Arteche mira tranquilo y con media sonrisa, una sonrisa inclinada al lado opuesto de su tabique nasal torcido, ambos manotean cuando toman la palabra.

Uno, que es tonto, pregunta si ellos tuvieron algo que ver en lo de ayer, si Dirceu inspiró a los nuestros para mantener la pausa cuando se puso el partido en contra, si Arteche fue responsable de que los jugadores fueran siempre de cara, buscando el choque sin miedo, dejando de lado el complejo de los derbis anteriores. Los dos se miran, no saben bien qué decir, Dirceu toma la palabra: no, no, de ninguna manera, no nos está permitido, lo impiden los Estatutos del Jugador del Tercer Anfiteatro, no, no, de ningún modo. Arteche no puede disimular una sonrisa y uno no sabe si es por ver a Dirceu pasando fatigas a la hora de explicar algo sin demasiada convicción, una sonrisa de pillo.

De todos modos, dice Dirceu, las cosas allá arriba no son como aquí, allí no hay tanta rivalidad, allí las cosas son puras y limpias, no existe el deseo de venganza ni las cuentas pendientes. De hecho, sepa Vd, que está en pijama, que el desenlace de la temporada no ha sido del agrado completo de la dirección celestial, que se encuentra algo dividida. Por un lado está el convencimiento firme de que el Atleti merecía esta victoria por justicia divina, humana y deportiva. Pero no puedo dejar de señalar que la forma en que se ha producido ha causado algo de desasosiego en la autoridad. Consideran que la victoria ha sido en exceso humillante, teniendo en cuenta que el rival es un club azotado por las penurias desde hace ya muchos años, poco acostumbrado a jugar finales y por tanto abrumado ante las mismas, empeñado en invertir e invertir sumas escandalosas para obtener más bien poco, con una afición rácana, sí, pero sometida con demasiada frecuencia a la humillación en los partidos trascendentales en casa, a ser eliminados en su propio estadio de torneos vendidos de antemano como ya ganados. El Consejo Celestial piensa que con lo sufrido hasta ahora ya tiene bastante este club, pobres gentes a las que deliberadamente se les hace creer que todo es color de rosa hasta su anual caída al precipicio entre las risotadas de media humanidad y la inmensa mayoría de ectoplasmas. No sé, hay un cierto malestar, hay quien opina que el haber estado preparando este golpe de efecto durante catorce años ha sido excesivo, por mucha risa que haya producido al final. No es el estilo de la casa.

Llegado este punto, Arteche no puede evitar empezar a reírse y, guiñando un ojo, se dirige por primera vez al que suscribe:

-          Oye, mira, que sí, ponme ese café. Y con gotas, qué coño.
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Aproximadamente a las doce de la noche del día 17 de Mayo de 2013, ya 18 de Mayo entonces dirán algunos como por ejemplo un señor calvo y muy alto que vino desde Milán sólo para ver la final, se escuchó un trueno en la zona financiera de la capital, donde están las oficinas de los consultores y los despachos de los asesores de los asesores de los consejeros de los presidentes, vicepresidentes y directores generales de todas esas empresas que no se sabe muy bien qué hacen. El trueno provenía de un estadio sito en dicho barrio financiero que alberga también un centro comercial, varios restaurantes con reservados para hombres de negocios con corbata y doble vida y un servicio de traducción para los numerosos turistas japoneses que recorren sus pasillos buscando que les cuenten historias sobre el pasado clepto-glorioso del club propietario del local comercial. Dentro del estadio-mercado-palacio de congresos-local-de-bodas-y-banquetes-multi-función, y justo cuando sonaba el trueno, se vio a varias decenas de miles de personas vestidas de rojo y blanco abrazándose y lanzando puños al cielo en las gradas del fondo Norte; en el campo se vio a otro grupo menos numeroso, unos de traje y otros de pantalón corto, haciendo lo mismo que los otros miles.

De entre estos últimos surgió un tipo con un traje o quizás fuera un chándal o puede que un traje regional azerbaiyano, land-of-fire. El tipo llevaba una bandera del Atleti con un gran mástil y, tras agitarla un poco, la clavó en medio del estadio lleno en su parte Norte, vacío en su parte Sur ante la huida precipitada de los anfitriones vencidos, con el gesto con el que Rodrigo de Triana plantó el pendón de los Reyes Católicos nada más tocar tierra americana. Bien es sabido, por cierto, que Rodrigo de Triana fue el primero en ver tierra tras la travesía de Colón y uno no tiene ni la más remota idea de si fue él quien plantó el pendón, esto quizás pueda aclararlo un señor más alto aún que el anterior que también volvió a casa sólo para la final y que ha vivido un tiempo en Costa Rica, donde entendemos que lo más seguro es que algo de esto sepan. Mientras esto se aclara y a meros efectos de esta crónica, Rodrigo de Triana plantó el pendón y, ya puestos, George Mallory fue el primero en subir al Everest y a ver quién viene de Nepal a decirnos lo contrario, oiga.

Con ese gesto todos los allí reunidos (o más bien la mitad porque medio campo se había ido del estadio inmediatamente después del final del partido) entendieron lo que había pasado y entendieron por fin lo que realmente significaba.  El Atleti, ente independiente y soberano, club caprichoso y sentido, ha esperado catorce años, catorce, para ganar al rival más odiado en la ocasión más importante. Catorce años se ha tomado el Atleti, socarrón y juguetón, para convertir un título en una burla mayor, en un guiño gigantesco para los niños que pasan fatigas en los colegios y a los que hoy sus padres no consiguen quitarles el traje del Atleti ni para meterles en la bañera. Catorce años quiso el Atleti que los suyos pasaran lunes de angustia para darles un regalo inolvidable, un diamante para los que esperaron esos catorce años deseando volver a vivir lo que antes era más habitual, un nuevo motivo de orgullo para los que nunca consiguieron ver ganar a su equipo contra el otro equipo grande de la capital desde que nacieron hace menos de catorce años, un bálsamo analgésico para los que empezaban a pensar que había una maldición, una conspiración astral, una conjura de los elementos para evitarlo. Catorce años esperó el Atleti y durante esos catorce años aguantó críticas, desaires y preguntas existencialistas desde su morada más allá de Orión: no entendemos por qué se juegan así los derbis, escuchaba el Atleti de boca de sus más fieles seguidores, no entendemos la falta de actitud y orgullo, no entendemos nada desde la grada, queremos respuestas, queremos soluciones, queremos, ya puestos, otra ronda de vermouth de Reus con un chorrito de seltz y una aceituna dentro, si bien algunos prefieren una rodajita de limón y un hielo, allá cada uno, nuestras acciones serán juzgadas a su debido tiempo.

Catorce años quiso pasar el Atleti, dios distante y calculador, viendo a los suyos sufrir, sufriendo por ellos y dudando sobre su propia decisión, rascándose las sienes y apoyando la barbilla en la mano, moviendo de un lado al otro la cabeza con preocupación, a ver si me estoy pasando con la bromita, a ver si luego no sale, no sé, me da cosa esta gente tan grande pasándolo tan mal. Pero no, pensó el Atleti, es una jugada maestra, es un final digno de superproducción de Hollywood, merecerá la pena, será un día inolvidable, cuando llegue ellos, los míos, entenderán porqué se hizo. Será el día del orgullo y de las gargantas rotas, el día en el que el rival quedará retratado por enésima vez en su propia casa, el día en el que uno de los nuestros clavará una bandera del Atleti en el centro del campo-hipermercado ante una multitud ronca y extasiada. Los míos lo entenderán cuando se reconozcan por la calle no por la bufanda sino por la cara de resaca y la sonrisa brillante que no se les cae de la cara, cuando se abracen el lunes al llegar a la oficina con todos los que compartieron días de mandíbula apretada y ganas de grapar a los compañeros burlones a una bala de cañón, cuando estiren la espalda para quitarse la contractura producida por los abrazos de los amigos en la grada del estadio-tienda, cuando tengan que parar un momento a recuperar el resuello tras perseguir durante horas a sus hijos vestidos de rojo y blanco para que se quiten la camiseta de rayas con la que llevan durmiendo tres días.

Y, sí, la verdad. Al final, lo entendimos. Vaya si lo entendimos.

lunes, 15 de abril de 2013

Y, por fin, el Día del Niño



Queda uno a las 13.30 para tomar vermouth con seltz y unas banderillas de aceituna y anchoas, y se toma dos de cada, que tiene mesa a las 14.30 en una casa de comidas. En la casa de comidas se sienta cada uno en su sitio y se pronuncian al menos dos frases imprescindibles en cualquier comida española. La primera se pronuncia al llegar la carta y tras echarle un vistazo: “¿pedimos unos primeros para compartir y luego cada uno un segundo?”, dice siempre alguien, como si lo hubiera inventado él mismo ahí en ese momento, y no como si fuera lo que se viene haciendo en todo el país desde hace siglos. La segunda se dice cuando llegan los segundos y se tarda un rato entre que lleguen los de unos y otros: “oye, vosotros empezad, que eso frío no vale nada”. “Eso frío no vale nada”, dice el español en todas y cada una de las comidas de su vida y si no lo dice es como si faltase algo, como si faltase el pan o el tenedor, sin eso no hay comida oiga, hagan Vds el favor de comportarse y que alguno diga eso de que eso frío no vale nada que si no esto no es comida ni es nada y así es mejor irse cada uno a su casa, hombre ya. A ver, Vd mismo, el de azul clarito, dígalo Vd, vamos, bien, gracias.

Tras compartir un primero y comerse un segundo y hasta un postre entre tres, se toma uno un café y hay quien se toma un chupito antes de ir al campo. Y se llega al estadio con tiempo pero no mucho, y se sienta uno en la grada abarrotada, llena por una vez de niños y no sólo de señores con cara de que vaya horas son estas de ir al fútbol. La grada con sol y niños, ese espectáculo al que antes estábamos acostumbrados y ahora es un evento excepcional que se vive como mucho una vez al año, es un aliciente suficiente para llenar un campo. Eso sí, a eso no le hacen caso los que fijan los horarios, más interesados en que la televisión esté contenta que en conseguir que el aficionado, que al final es la base de este tinglado, lo pase bien y vea que su dinero tuvo una contrapartida digna.

La grada llena de niños está llena de camisetas del Atleti con nombres de jugadores a peinado cambiado y de jugadores del futuro de nombre aún poco popular. En la grada del domingo en el Calderón uno ve Gabis, Forlanes y quince o veinte Falcaos, pero de estos algunos son rubios y otros llevan trenzas y lazo, unos son morenos de pelo rizado, varios Falcaos tienen coletas y hasta hay uno pelón de puro pequeño. Los Falcaos comparten chucherías y gritos con otros jugadores en cuya camiseta pone Paulita, Mario, Jose Carlos y Manu y unos cuantos más que ya tienen su dorsal y su nombre y todo antes ya de debutar en el primer equipo. Pero, eso sí, aunque Falcaos hay muchos, de los que más hay son Fernandostorres.

Durante el partido los mayores de la grada de lateral se achicharran la frente por el sol primaveral que se asoma al Calderón con las mismas ganas que la hinchada infantil, y los niños beben agua y fanta de naranja y meriendan y son capaces de comerse una bolsa de patatas en dos minutos de reloj con las manos pringadas de sal hasta la muñeca. En el medio tiempo la grada tarda en vaciarse porque el personal sale en tropel para llevar a los niños al baño y buscar la sombrita y el fresco de las galerías interiores del estadio y en los vomitorios se forman unas montoneras que ni San Fermín, oiga. El bar se queda sin existencias por la cola monumental que se forma para encontrar bebida fría, y mientras los padres se afanan por conseguir una lata de refresco, los que pasan por ahí cuidan de los niños ajenos para que no se pierdan. Cuídeme el niño si no le importa, que voy a pedir agua, no se preocupe, oiga, yo me ocupo; con este ya van quince niños a mi cuidado y voy a organizar un partido de balonmano, con ese bajito de árbitro.

El partido acaba y el Atleti, además, ha goleado y entretenido al personal. La gente sale con los niños en brazos o a hombros, ya cansados, camino de casa; pero son las siete y aún hay domingo por delante, da gusto, ahora nos vamos a casa o paramos en esa terraza y tomamos algo mientras hace sol, luego veremos el resumen del partido sobre todo para ver si nos enteramos de cómo fue el tercer gol, que nos pilló en la cola de salida al vomitorio y sólo oímos el grito infantil de media grada, goooool.  Ya de vuelta a casa los niños regatean al paragüero y rematan de cabeza una lámpara de pantalla y cenan a regañadientes porque sólo quieren contar una y otra vez cómo el señor de delante perdió las gafas de un manotazo al celebrar el cuarto gol, cómo un vecino de localidad le regaló una bolsa de pipas, cómo papá tardó diez minutos en traer una fanta y luego no había y sólo pudo traer agua, cómo los guardias de seguridad le ayudaron a pasar el torno y cómo jugó con otros siete niños vestidos del Atleti a que ganaban la final de la Copa del Rey por cinco a cero, todos los goles entre los minutos 85 y 90, todos de cabeza a pase del Cebolla. Y, tras tomarse un yogur y contar por enésima vez cómo Koke pone el pie para pasar el balón, hacen acopio de valor, ponen su mejor cara de niño bueno y piden dormir con la camiseta de Fernando Torres puesta.

Fútbol a horarios normales, con niños en la grada: un placer que antes era normal y del que ahora nos han privado, algo contra lo que no nos quejamos lo suficiente. El Atleti es más Atleti a la hora del café en una grada llena de niños, seguro que más que un domingo a las tantas de la noche, sin tiempo para disfrutarlo luego.
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Salió el Atleti la mar de guapo y bien peinado bajo el solazo de domingo madrileño y fue recibido con un estruendo de sonajeros y pitos de pato de goma, vista la edad media de la grada de ayer. Salió también el Granada vestido de negro y medias de rayas y sorprendió que compareciera únicamente el equipo, cuando parte de la grada esperaba que a los titulares les acompañara un cocinero con gorro y todo al que, puesto en pie, el público agradecería con una ovación estruendosa el fino crujir de los churros de la plaza Bib-Rambla (presidida por Neptuno) y el tacto azucarado que se queda en los dedos cuando se come uno un Pionono de Santa Fe sin cucharilla ni nada. Gracias por todo, reposteros granaínos, gracias.

Salió Courtois disfrazado de pollo, entendemos que como guiño a la infancia, si bien se echó en falta la parte superior del disfraz, esto es, esa capucha de plumas con un pico que queda a la altura de la frente, a modo de visera, del disfrazado. Salió también la defensa tradicional, esto es, Juanfran, Filipe Luis, Godín y Miranda, quien se las vería durante toda la tarde con Aranda en un duelo muy seguido en la provincia de Burgos. Por delante de estos, el capitán Gabi, Koke, que jugaba en el puesto en el que tantos partidos disputó antes de llegar al primer equipo, y más abiertos hacia las bandas – es un decir - Raúl García y el Cebolla. Por delante del resto, y con la tarea plácida de hacer añicos una defensa flojita, Diego Costa, que metió un gol, y Falcao, que metió dos.

Con este equipo salió el Atleti al campo y, a los cuatro minutos, ya ganaba uno a cero. Marcó Diego Costa tras un pase excelente de Koke, que vio en ese lance la forma de convertirse en nuevo ídolo infantil. La cosa se puso tan de cara que se convirtió en un tostón hasta que el Cebolla, en un arranque de esos tan suyos, salió como una bala, condujo el balón, puso un excelente pase adelantado a Diego Costa y éste, que ayer ni se peleó ni escupió ni nada para dar buen ejemplo a los invitados, puso otro pase excelente para que Falcao marcara. El Atleti ganaba dos cero a los 30 minutos gracias a un golazo de contraataque en tarde soleada  y con la grada llena de niños: ante esta reflexión más de uno y de dos se preguntaron si habían viajado atrás en el tiempo, si seguían viviendo en la misma época en la que se despertaron, si no habrían llegado al campo en un DeLorean tras un fogonazo sospechoso.

El Granada, generoso y niñero, colaboró para que la hinchada con coloretes se fuera contenta a casa y no dio una a derechas. Falcao marcó nada más empezar el segundo tiempo, cuando medio estadio estaba aún tomando el fresco dentro de los vomitorios, y lo hizo a pase de Koke. Koke llevaba ya dos pases de gol pero Koke es así, oigan, y puso otro baloncito estupendo para que Raúl García marcara un gol de los tres que pudo haber marcado. Antes le habían anulado uno por fuera de juego justito cual papel de envolver Sugus; luego el portero, vestido de helado de dos bolas, le sacó otro tras un remate fantástico; el rechace, hoy rechazo, le llegó a Raúl y la estampó en un poste.  A uno le hubiera gustado que Raúl, buen jugador de equipo y tipo majo con los chavales de la cantera, hubiera metido tres goles ante la chavalería; quizás, gracias al recuerdo cariñoso de estos cuando peinen canas, se podría equilibrar el trato injusto que tantas veces ha sufrido el buen jugador y buen profesional navarro.

Marcó luego Filipe Luis un gol fino fino de extremo antiguo y con el gol llegó uno de los momentos esperados de la tarde, junto con el de la merienda y Calippo prometido. Salió Oliver Torres al campo y se llevó una ovación que tapó la que también se llevó Raúl, y el sol también se vio algo ignorado al centrarse todas las miradas en el chaval. Y el chaval dejó muy buena impresión y confirmó lo ya visto: Oliver Torres se enseñó en todo momento, la pidió, la dio a los compañeros, la jugó en corto y en largo e hizo gala de calma ante el asedio rival y de personalidad para hacer lo que en cada momento consideró oportuno, más allá de lo que de él se esperase.

Oliver Torres dejó un buen sabor de boca a la afición que, un rato antes de acabar el partido, ya salía por las escaleras con niños en brazos y mochilas llenas de botellas de agua vacías y banderas enrolladas. Terminó el partido y la afición se echó a la calle hablando con palabras sonrientes, voz contenta y con toda la tarde por delante, encima. Siendo como era uno de esos días en los que la primavera rompe en Madrid tras un invierno lluvioso y la ciudad entera se echa a la calle, no había sitio en terraza alguna en varios kilómetros a la redonda y hasta las tantas de la noche se veían aficionados rojiblancos tomando patatas fritas y tinto de verano en las mesas de las aceras, ajenos a los partidos que otros equipos jugaban más tarde para que estuvieran contentos los señores de las televisiones. Los camareros sabían que sería un buen día para la caja, los padres sabían que llegarían a casa con tiempo de ser persona un rato antes de dormirse y los niños sabían que, al día siguiente, irían al colegio con camiseta rojiblanca para contar con pelos y señales los cinco goles marcados por el Atleti en una tarde soleada. En definitiva, eso que antes era tan normal y que últimamente, sin que hayamos hecho nada, nos han secuestrado. 

lunes, 11 de marzo de 2013

De gradas heladas y gradas desquiciadas


En Edimburgo llueve, nieva y sale el sol a intervalos, diez minutitos de nieve, diez minutitos de aguanieve, diez minutitos de sol, diez minutitos de cada pero siempre, siempre hace frío. En Edimburgo hace un frío que pela, un frío húmedo que corta, un frío con viento que viene de las colinas nevadas que hay detrás de Murrayfield o directamente del mar, un frío constante, contante y sonante, un frío se mete hasta los tuétanos entrando desde los pies y la garganta y tarda y tarda en salir y sólo sale a fuerza de sopa y calor de pub, cerveza local, haggis, whisky de malta y tiempo ante la chimenea. Y, en este tiempo helador, escoceses y galeses van en manga corta, en kilt, en pantalón corto de rugby y camiseta. Y tan contentos, oiga.

El sábado amanece nevando en Edimburgo y uno se echa a la calle prontito a recoger las entradas del partido y, de camino y sólo si se es de Onteniente, a saquear a golpe de tarjeta de crédito una tienda de rugby entre cuyas perchas cuelga orgullosa la camiseta de la selección española, quizás por curiosidad de los dependientes, quizás para atraer a la parroquia que llena vuelos desde Madrid (al menos). Durante todo el día de partido y el domingo es fácil encontrarse con grupos de españoles que pasean por la ciudad, muchos llevando camisetas de sus equipos, todos venidos expresamente a ver rugby a mil kilómetros de casa desde el país donde en teoría no gusta el rugby. Y ya a esas horas, y desde el día anterior, se ve que en Edimburgo es fiesta mayor: la publicidad de las calles, los carteles de las calles, los pubs abarrotados y los vuelos repletos de gente que va al rugby dejan claro que no es un día normal.

Como suele ocurrir, es la afición visitante, esto es, la que no conoce la ciudad y llega de fiesta, la encargada de poner el ambiente desde primeras horas, que los locales ya saldrán de casa luego para ir directos al partido. Casi amaneciendo la Royal Mile parece que alberga los fastos por el entierro de Hugo Chavez: una marabunta vestida de rojo sube y baja por las aceras e invade la calzada, dando un paseíto previo a enfilar el estadio a unos agradables cero grados, temperatura ideal para visitar tiendas de recuerdos y monumentos varios en terno veraniego. Los galeses, de cuya asombrosa resistencia térmica ya hablamos hace unos meses, pasean en manga corta y algunos incluso vestidos del Gales grande de los 70, con camisetas de algodón, pantalón corto, medias rojiblancas y pelucas y patillas postizas como JPR Williams y Gareth Edwards, los de “that try”. Las camisetas rojas se alternan con disfraces de todo tipo: de dragón, de vaca, de pollo (aunque éste es de una tienda local que regala alitas asadas como promoción), de oveja, de vendedor de seguros de hogar, de hijo adoptivo de Vinaroz. El rugby del VI Naciones tiene mucho de evento serio que pone en juego el orgullo nacional, como se encargan de narrar con voz engolada y épica los comentaristas de otros países, pero también de fiesta popular cercana al carnaval y, en todo caso, a la borrachera multitudinaria, que en el fondo es de lo que se trata.

Murrayfield queda a unos 4 kilómetros del centro y las obras del tranvía, perennes en Edimburgo desde hace cuatro o cinco años, cortan calles y provocan cambios de dirección, por lo que es aconsejable ir andando. El estadio no tiene pérdida: “sigan a la multitud que viste de rojo o kilt”. El paseo de 45 minutos se hace mucho más largo porque la tradición y la temperatura indican que lo suyo es ir parando de pub en pub, o al menos intentándolo: los pubs están abarrotados, empañados por la multitud de gente que bebe y charla en su interior, las terrazas bajo toldo destinadas a los fumadores también están llenas de galeses y escoceses que bajan pintas a la intemperie a ritmo de record de la Commonwealth: ya saben que cuando la lógica haría a cualquiera pedir un brasero, los de las islas piden dos pintas más y unas patatas con sal y vinagre.

Tras varios conatos de entrada en pubs intransitables, varias colas interminables ante una barra abarrotada, varios kilómetros a pie y un par de vasos de sopa picante reparadora, se llega a Murrayfield. Al acercarse al estadio el ambiente es aún más intenso, y hasta el nombre de algún pub local como el Fly Half indican que, en el barrio, mejor hablar de rugby o permanecer callado. Murrayfield, rodeado de campos de rugby,  es un estadio precioso de silueta curva que se recorta contra unas colinas escarchadas muy indicadas para hacer fotos de recuerdo y de cuyos antepasados geológicos (y sobre todo de sus muertos) se acuerda uno durante el partido cuando el viento que viene de ellas se cuela por las costuras de los abrigos con decisión de segundo centro, regatea el forro polar, salta pliegues del jersey de lana, esquiva haciendo contrapiés el tejido de la camiseta térmica y se queda pegadito a la piel, haciendo bajar la temperatura corporal grado a grado y haciendo que la color del visitante mute del rosa-congestión-de-pub al azul-cobalto-de-páramo-highlander, también llamado Royal Hypothermia Blue. Tanto es el frío y el viento que sopla en Murrayfield que el gobierno escocés, en caso de alcanzar la independencia del Reino Unido, podría sopesar cambiar su nombre al de New Los Pajaritos Stadium en homenaje al campo del Numancia, que tampoco es manco.

En torno al estadio hay montones de puestos-camioneta de cerveza, comida y recuerdos, con lo que el ambiente de feria es total. Las aficiones están absolutamente mezcladas y beben y charlan juntas sin que haya no ya una trifulca, sino la mínima discusión. El alcohol ayuda a confraternizar, pero no es el alcohol el causante del buen ambiente, sino más bien la educación: también hay alcohol a ríos antes de los partidos de fútbol, y en estos es común vivir situaciones desagradables. Incluso los borrachos, que abundan, son amables y risueños, lejos de esos alicorados insoportables que utilizan las gradas de los estadios de fútbol para saldar cuentas con la vida que llevan y que creen no merecer. Porque la grada de Murrayfield, como todas las gradas de rugby, es ante todo educada, sobre todo hospitalaria y acogedora. En Murrayfield uno puede sentarse llevando los colores de su equipo con total tranquilidad, celebrar los puntos propios, cantar su himno a voz en grito y, como mucho, lo único que conseguirá es que al rival que se sienta al lado suyo le entren más ganas si caben de charlar con Vd y compartir puntos de vista.



Y de todo lo que rodea al rugby en Edimburgo, de la marcha por las calles del centro siguiendo a la marea, de los grupos de gente en kilt y camisetas rivales, de la preciosa grada de Murrayfield y de la exquisita hospitalidad de los escoceses, lo que más marca, de lo que más se acuerda uno es del momento en que se cantan los himnos. Suena el himno galés y canta un cuarto de estadio como cantan los galeses: entonando y sabiendo, los galeses cantan un himno solemne y profundo a voz templada entre el respeto del resto de la grada. Suena entonces una gaita que marca lo que viene, arrancan cincuenta gaitas y cincuenta mil gargantas a la vez cantando Flower of Scotland y a uno se le encoge todo. Paran las gaitas para que el estadio entero siga cantando sin acompañamiento esa estrofa de guerra en la que se recuerda a los ingleses que sí, que agua pasada no mueve molino pero que en cualquier momento a Scotland the Brave le da por levantarse de nuevo y ya pueden volverse a casa como el orgulloso Rey Eduardo, y a uno le entra esa sensación única a mitad de camino entre la emoción, el respeto, la admiración y también la envidia que cualquiera que haya estado allí y haya vivido eso conoce. ¿Cómo, después de eso, no sentir una admiración, una proximidad y una simpatía enorme por los escoceses?

Vivido lo vivido, como suele ocurrir, el partido casi es lo de menos. Ya casi da igual el sorprendente empuje de los escoceses en el primer tiempo o los tres fallos consecutivos con el pié de Halfpenny, que luego sería determinante; casi da igual ver que Gales poco a poco recupera la identidad y la mordiente aunque sus medios se empeñen una y otra vez en jugar por dentro y no sacar el balón a la profundísima línea de tres cuartos galesa, “la Delgada Línea Roja” que esta vez es visitante y no escocesa, como lo fue en Balaclava. No puede uno olvidarse de la aparente superioridad física de los delanteros galeses y cómo ésta quiebra en ciertos momentos ante el empuje aguerrido de los escoceses, aprovechando que la grada ruje y alguna gaita se arranca con los primeros compases de Flower of Scotland al entrar en 22 rival. Uno recuerda, claro, la ovación a Richie Gray cuando se retira lesionado, y también recuerda con cierto pudor - que se explicará más tarde - cómo la grada escocesa, a pesar de un arbitraje no excesivamente favorable (tildado de “pedantic” en algún diario local) no brama contra el árbitro, conscientes de lo difícil que es su trabajo, sino que reconoce sus propias limitaciones y errores al conceder muchos puntos al rival por su propia falta de disciplina en el juego en momentos delicados. Recuerda también el empuje final de los escoceses y la defensa bestial de los visitantes pensando en la diferencia de puntos con los ingleses, el pitido final, la vuelta de honor de los de rojo en campo rival saludados por montones de narcisos humanos y dragones de peluche, la salida del campo y la sangre que, poco a poco, comienza a fluir hacia los pies tras los primeros pasos tras dos horas inmóviles en una tribuna helada.

Vayan Vds a ver un partido del VI Naciones, vivan su ambiente, respiren el aire que suelta la grada y cuéntennos luego si no se hace uno muchas preguntas al volver a casa.
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Inglaterra, máxima favorita al título y con el Grand Slam a tiro, las pasó canutas para imponer ese rugby industrial y opaco tan suyo ante los italianos, que siguen yendo a más. Escocia, que se llevó la cuchara de madera el año pasado y juega contra Francia en París el último partido del torneo, ha recompuesto líneas tras ganar a Italia y a Irlanda. Estos dos últimos se enfrentan en la última jornada en Roma: Italia ha hecho un gran torneo al ganar a Francia y poner en apuros a Inglaterra, Irlanda ha hecho un mal torneo tras ceder dos ventajas claras con Escocia y Francia, desplomándose en los últimos minutos con un equipo de transición, poco experimentado aún. Para ambos equipos, orgullo de naciones católicas, el domingo es un día importante y además puede que en el momento del pitido inicial habeamus Papam. Francia, con un rácano empate, se libra de la cuchara de madera pero encadena su peor racha desde 1957 cuando partía como candidata al título y podría ser última. Por fin, Gales, tremenda ganadora de la última edición y prometedor equipo joven que había enseñado colmillos en el Mundial, recompone equipo y aspiraciones tras una serie catastrófica de test matches y una travesía del desierto que parece haber acabado. Pueden ganar a los ingleses en casa y quitarles el Grand Slam, incluso llevarse el torneo si ganan por más de 8 puntos, algo que no se antoja imposible si la Delgada Línea Roja galopa y los de blanco siguen con ese juego feote de caballería pesada y artillería de larga distancia que parece haber calado también en otros equipos tradicionalmente menos dados al alto horno.

Cinco partidos después, casi nada está donde se esperaba y casi todo puede pasar. De lo esperado, lo único que se ha cumplido ha sido la entrega de todos los jugadores en cada partido, el respeto a los rivales, el pasillo del final, el consumo masivo de cerveza negra, el ambientazo en cada estadio. Digan pues si éste es o no uno de los torneos deportivos más bonitos del mundo.
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Llegó la afición al Calderón y algún despistado se preguntaba si estaba en Murrayfield, si habían quitado las colinas nevadas que quedan al Este del estadio, si habían prohibido el kilt en la grada. Y es que el Calderón con frío no tiene nada que envidiar a Murrayfield en lo que a temperatura heladora se refiere, oiga, a ver qué se creen Vds, puestos a pasarlas canutas aquellos tienen wee bit hills and glen pero aquí hay un río chico y poco profundo pero mal encarado que levanta una humedad que hiela un estadio entero, y se queda tan ancho, el tío. Así es nuestro río: demasiado chico para ser un río-río pero con carácter de océano cabreao, un riíto con poca agua y mal genio, un río del Atleti.

Llegó la gente al campo y lo hizo como con pereza, tomándose su tiempo, como sin prisa y sin hacer ruido. Salió el Atleti contra la Real con un dibujo algo diferente al mostrado en otras ocasiones, con la defensa de siempre y el ataque de los últimos partidos y una media algo diferente. En la defensa jugó Miranda, muy seguro salvo cuando le dio por sacar el balón haciendo cucamonas como si fuera Luiz Pereira. Le salieron bien casi todas salvo una en especial, pero el miedo que acabó metiendo a todo el mundo cada vez que amagaba a un rival nos hizo verle más oscuro y con un collar de cuentas verdes al cuello. A su lado jugó Godín, algo más expeditivo de lo deseable a la hora de pegar pelotazos, y los laterales de siempre. De éstos, Filipe Luis lo hizo bien y Juanfran lo hizo mal y esto empieza a ser algo preocupante. A Juanfran se le ve incómodo en el campo, fuera de sitio y sin la concentración suficiente, sorprendido a veces por cosas que todo el mundo ve que van a ocurrir, mal colocado otras. Juanfran no anda fino y a este paso el nombre de Manquillo va a empezar a sonar más fuerte en el Calderón.

En punta jugó Falcao, que sigue espeso desde la lesión y al que el juego que ayer desplegó el Atleti, con la presión más retrasada a ratos y mucha entrada por banda buscando el remate de cabeza como única solución de ataque no le viene demasiado bien. Falcao pelea y muerde pero no atina, y los centrales de la Real, que dejaron buena impresión en el Calderón, no dejaron hueco para que buscara portería. Tampoco anduvo atinado Diego Costa, que lo intentó y lo intentó y, como no le salía nada, optó por hacer exactamente lo que no debe. Con el Atleti desquiciado al ir por debajo en el marcador por primera vez en mucho tiempo en el Calderón, Diego Costa le pegó un pisotón a un rival y dejó sin argumentos a todos aquellos que creían ver en él una mejoría de lo suyo, más paciencia, más madurez. Diego Costa volvió a dejar detalles que invitan a la desconfianza, a catalogarle como un jugador imprevisible para lo peor, de esos que en cualquier momento la lían y dejan al equipo con uno menos, de esos que le hacen a uno perder un partido por perder el oremus, de esos que acaban echando por tierra su propio trabajo por culpa de tener cabeza de chorlito, de los que dañan la imagen del resto poquito a poquito. De esos, en definitiva, a los que uno dudaría alinear de inicio en un partido tenso, por bien que esté. Aún a pesar de esos signos preocupantes, a Diego Costa se le jalea desde algún sector de la grada cada gesto marrullero, haciendo así pocos favores al equipo y al propio jugador.

En la media, que pareció ser la raíz de los problemas, jugó Gabi de todo un poco, sin parar de correr pero sin dar abasto para todo lo que había que hacer. Jugó Koke y lo hizo peor que otras veces y jugó el Cebolla sin hacerlo bien, cambiando de sitio y empecinándose a veces en atacar y atacar por su banda a piñón fijo, con poco acierto a pesar de alguna jugada de mérito, ganando enteros para salir del banquillo cuando los partidos se tuercen más que para ser titular. Jugó también Arda y lo hizo como es él, así, como le da la gana, un poco por aquí, otro por allá, ahora regateo a siete, ahora hago una ayuda, ahora no ayudo nada, ahora me he quedado sin aliento, deme un minutito, oiga. La media no jugó bien y no pudo conectar con los de delante ni llegar con peligro tirando de lejos y a ello contribuyó un buen partido de la Real, equipo ordenadito y bien colocado, con jugadores que cuando la recuperan no la pierden inmediatamente y con ayudas constantes que impiden eso de lo que hoy todo el mundo habla, esto es, el último pase.

En un partido mediocre en el que el Atleti no encontró soluciones, la Real marcó un gol gracias a que el árbitro no señaló un fuera de juego que a los menos miopes ya en el campo les pareció claro. A partir de ese momento parte de la grada, anestesiada durante buena parte del partido, perdió el norte. Hasta entonces el partido había transcurrido con una calma rara, esa calma de partido a deshora y con frío que cada vez es más frecuente en la liga española, esa competición cada día más aburrida. Por primera vez en años, eso sí, no se había recibido a la Real con gritos de esos que nos sonrojan y avergüenzan. Por primera vez no se escucharon insultos a muertos ni cánticos ofensivos para el visitante, todo un triunfo que esperemos haya sido voluntario y no forzado.

Pero la cosa cambió cuando el árbitro, por cierto muy malo, anuló el gol. El árbitro pitó faltas a desmano y permitió entradas similares a otras que llevaban amarilla sin que hubiera un criterio fijo, es cierto. Colaboró en la derrota por dar por bueno un gol que debería haber sido anulado, sí. Pero el Atleti no había jugado a nada ni consiguió jugar a nada reconocible, y eso no fue cosa del árbitro. El Atleti no dio una y el rival jugó bien, pero en vez de asumir las debilidades propias, mucha gente prefirió el desquicie con dirección al árbitro, camino poco complicado. En el Calderón, el estadio del segundo de la clasificación (hoy  tercero) se inició un tsunami de indignación exagerada que, se diría, la gente echaba de menos. Se diría que alguno se acogió a la protesta casi con alegría, ole ole, ya está aquí el cabreo, menos mal que hoy no ganamos, qué bien me viene esto para gritar barbaridades, que mi jefe es más malo que el sebo y a mi cuñado no le aguanto. De los insultos sonrojantes al árbitro se pasó al insulto a algunos jugadores. Juanfran qué malo eres, Falcao eres un petardo, ay Gabi vuelve a Getafe. Simeone sacó a Raúl García y en ese momento, con el equipo perdiendo y necesidad de remontar, con el rival más odiado empatando a puntos, el refuerzo fue recibido en algunos puntos de la grada con tipos en pié llamándole de todo, el colmo del absurdo, el rizar el rizo del tiro en el pié. A Simeone no le salpicaron los insultos, pero si el partido dura diez minutos más y no sale Oliver Torres, más de uno habría pedido su cabeza y quién sabe si la vuelta de Manzano, con su gorra de tractorista.

La grada desquiciada contribuyó al desquicie del equipo, al que la Real y el árbitro sacaron del partido sin demasiada dificultad. Por primera vez en meses, el Atleti encajaba un gol en casa, perdía un partido en el Calderón y la afición salió del estadio con un gusto amargo en la garganta. Se diría, empero, que alguno hasta lo gozó.

La vuelta a una grada desquiciada resulta especialmente chocante cuando se viene de una grada que no busca culpables sin reconocer deméritos propios. Pero esto, oh lectores, es un mal endémico de este deporte llamado fútbol al que cada vez es más difícil tener cariño.